El turismo en favelas no es el pecado; convertir a sus vecinos en decorado, sí
Los vídeos virales con dron en Rocinha convierten un barrio en pasarela. El turismo puede ayudar a sus vecinos, pero solo si controlan el relato y los ingresos.
Foto: chensiyuan / Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0)
¿Cómo se llama una pasarela montada en una azotea del barrio de otros? En Río de Janeiro, al parecer, una atracción imprescindible, por la que hay quien espera hasta dos horas. El debate sobre el turismo en favelas tiene una cara nueva y muy fotogénica, y conviene preguntarse a quién se está fotografiando exactamente.
El montaje es sencillo. En Rocinha, la mayor favela de Río, los turistas posan en una azotea mientras un dron se aleja y revela la comunidad en la ladera. Según informó AFP, el precio es de al menos 150 reales (unos 30 dólares) y la gente se retoca el maquillaje en la cola. La influencer Ingrid Ohara, con 12 millones de seguidores en Instagram y 20 millones en TikTok, se sumó a la moda. Decenas de comentaristas acusaron a los visitantes de romantizar la pobreza y la delincuencia.
El problema del decorado es real, y no depende de las intenciones del turista
Cecilia Olliveira, directora del Instituto Fogo Cruzado, lo formuló con precisión. Reconoció que algunos vecinos lo ven como un ingreso legítimo. El problema, dijo, empieza cuando la favela deja de ser un barrio vibrante y complejo, marcado por la desigualdad, y pasa a ser solo un contraste exótico o el escenario de un contenido llamativo.
Estamos de acuerdo y vamos más allá: el problema es el propio formato. Un plano de dron que se aleja de un turista posando y desvela toda una comunidad en la ladera es una gramática visual de «yo y el paisaje». Da igual que el turista sea sincero, como parece serlo el visitante costarricense Gabriel Pai cuando dice que el lugar es encantador. A nuestro juicio, el algoritmo premia el contraste, no el contexto. Un vídeo sobre el agua, la actuación policial o las escuelas es mucho más difícil de vender.
Pero «simplemente no vayas» es una opinión de privilegiado
Aquí se acaba la indignación fácil. Según DW, la experiencia cuesta entre 20 y 60 €, y Renan Monteiro ha formado a 300 guías y 10 pilotos de dron. Hay veintiséis azoteas en juego entre Rocinha y Vidigal, y sus propietarios cobran. Pedro Lucas, de 19 años, dice que el trabajo le cambió la vida porque antes tenía pocas perspectivas. Decirles a estas personas que la tendencia es degradante, desde lejos y con un sueldo, es otra forma de condescendencia.
Conviene fijarse también en que este modelo no es el del viejo safari en jeep. Monteiro creció en Rocinha, diseñó rutas fijas junto a líderes comunitarios y creó una aplicación para cancelar las visitas cuando empiezan las operaciones policiales. Eso llegó después de que un turista español muriera en 2017 durante un tiroteo entre la policía y narcotraficantes. Es un negocio local que aprendió de una tragedia, y eso cuenta.
Tampoco es nuevo el debate de fondo. Un artículo de RioOnWatch, sin fecha, cita a un guía que se queja de operadores externos que fotografían a niños y a personas en sus casas sin permiso. La lección parece antigua: el problema no es la visita, sino quién la dirige.
Controlar el relato y el dinero es la prueba definitiva
Nuestra tesis es acotada. El turismo en favelas funciona cuando los vecinos son dueños de tres cosas: el relato, las rutas y los ingresos. Con esos criterios, el modelo de las azoteas de Rocinha aprueba en parte. El fundador creció allí, los propietarios de las azoteas cobran y, según AP, un visitante paraguayo señaló que los vídeos virales pueden dar confianza para visitar sin miedo. Es el argumento contra el estigma en su mejor versión.
Donde falla, creemos, es en el relato. El producto viral es la actuación de un turista, no el testimonio de un vecino. Y las cifras invitan a la cautela: Na Favela Turismo contó 41.000 visitantes solo en febrero en Rocinha y Vidigal, y DW afirma que el precio de la entrada equivale aproximadamente a un tercio de lo que gana al mes un residente de una favela. Las informaciones que hemos revisado no dicen qué parte de cada entrada llega a los vecinos más allá de los guías y los dueños de las azoteas, y esa es la cifra que más nos gustaría ver publicada. Es también la pregunta a la que debería poder responder cualquier operador que se declare «gestionado por la comunidad».
Nuestro veredicto
No hay que boicotear, sino preguntar. Si vas a Río, reserva una visita dirigida por vecinos, pregunta adónde va el dinero y sáltate el vídeo en el que tú eres el protagonista y el barrio, un salvapantallas. Si vas a grabar un vídeo, deja la cámara al menos una vez en manos de alguien que viva allí. Y si organizas visitas a una favela, publica cómo repartes los ingresos. La pobreza se convierte en decorado cuando solo un lado del objetivo cobra en atención. Se convierte en trabajo cuando los que salen en el encuadre tienen el recibo.
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