El producto real del champán es la fiesta, y está bien que sea así
Las burbujas en lata y sin alcohol no acaban con el ritual del champán. Sugieren que el ritual nunca dependió del corcho, de la copa ni del alcohol.
Foto: Antuk84 / Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0)
¿Sigue siendo una celebración una botella de burbujas si viene en lata o no lleva alcohol? Los puristas dirán que no. Nosotros creemos que lo ven al revés: si el producto sobrevive sin corcho, sin copa y sin alcohol, es que lo que se vendía era la ocasión.
El momento es curioso. Con motivo del Día Mundial del Champán, La Nación repasa las nuevas tendencias en burbujas: ediciones únicas, botellas millesimadas, versiones sin alcohol e incluso latas. Mientras tanto, el panorama general del vino es sombrío. En Francia, Vinetur informa de que los consumidores reducen el consumo de alcohol y buscan buena relación calidad-precio, lo que aprieta a los productores de vino y de champán.
El ritual nunca estuvo en la botella
La mitología del champán es la formalidad: la copa adecuada, la temperatura adecuada, el momento adecuado. Pero fíjate en lo que de verdad resiste. Según un análisis de Winetitles firmado por Felicity Edwards, de AlixPartners, el vino espumoso supuso en 2023 el 20 % de las ventas mundiales de vino en valor, pese a ser solo el 7 % de la producción. El mismo artículo señala que el crecimiento se ha desplazado a los dos extremos de la categoría: el accesible y el realmente premium.
A nosotros nos suena a un mercado que vende una sensación, no una liturgia. La gente quiere algo que diga «ha pasado algo bueno». Que llegue en copa, en lata o en una botella sin alcohol es secundario. La formalidad era el envoltorio de la sensación, y el envoltorio puede cambiar.
Las burbujas sin alcohol son la industria admitiendo lo que vende
Las cifras del sin alcohol son modestas, pero reveladoras. Según el mismo artículo de Winetitles, el vino sin o con bajo contenido de alcohol ha crecido un 8 % anual en la última década, y los espumosos representan la mitad de la categoría. Aun así, conviene no exagerar: Vinetur señala que las botellas sin alcohol suponen solo el 2 % del mercado del vino, de modo que los productores siguen sin una respuesta clara a una caída más amplia.
Así que no es una revolución. Es una cobertura de riesgo, y sensata. Lo interesante es la calidad: Vinetur cuenta también que Henkell Freixenet ha instalado en Wiesbaden un sistema de recuperación de aromas para capturar los que se pierden durante la desalcoholización. Para nosotros, esa es la señal de verdad. Cuando un productor invierte en que la versión sin alcohol sepa mejor, está tratando el brindis, y no el etanol, como el producto.
Donde los puristas tienen algo de razón
Hay un riesgo real. Si todo es una celebración, nada lo es. La escasez y la larga crianza son lo que sostiene los precios premium; Edwards apunta que un vino australiano de método tradicional envejece siete años antes de salir al mercado. Una lata de espumoso para un martes cualquiera no puede tomar prestado ese prestigio gratis, y las marcas que lo intenten probablemente lo devaluarán.
Pero las grandes casas parecen estar bien por ahora. Vinetur dice que Moët & Chandon siguió siendo en 2026 la marca de vino más valiosa del mundo, y que Veuve Clicquot registró el mayor crecimiento, según Brand Finance. Prestigio e informalidad no se excluyen: son estantes distintos de la misma tienda.
Nuestro veredicto
Relájate. La industria hace bien en acercarse a la gente allí donde celebra: en barbacoas, en balcones, en cumpleaños sin alcohol y en bodas donde la mitad de los invitados no bebe. Guarda las botellas millesimadas y las bodegas de siete años para los momentos que lo merecen, y deja de fingir que una lata es un insulto a la tradición.
Nuestro consejo: elige el formato según la ocasión, y no al revés. Y si pruebas una botella sin alcohol, júzgala como una bebida con burbujas, no como un champán fallido. Esa es la comparación que siempre perderá, y además es la equivocada.
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