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Morat tiene razón: la entrada de concierto ya es un símbolo de estatus

Cuando ir a un concierto va de que te vean allí, la música pasa a ser el decorado. El aviso de Morat sobre el FOMO señala un coste real de la cultura del directo, aunque no toda la historia.

Publicado
30 de octubre de 2026
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5 min
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Foto: Andrea Herrera / Secretaría de Cultura de la Ciudad de México / Wikimedia Commons (CC BY 2.0)

¿Cuántas personas del último concierto al que fuiste estaban realmente escuchando? No grabando, no mirando quién más había ido, no pensando en el pie de foto. Escuchando. Si la pregunta te ha hecho torcer el gesto, ya entiendes lo que Morat acaba de decir en voz alta.

En una entrevista con El Tiempo, recogida por Marca, el grupo lo dijo sin rodeos: «Las redes sociales trajeron unas ganas de ir a conciertos más por estatus que por gusto, es el FOMO...». Dicho claro: las redes sociales han traído un deseo de ir a conciertos más por estatus que por disfrute. Eso es el FOMO.

Solo tenemos esa frase, no la entrevista completa, así que no vamos a ponerles más palabras en la boca. Pero la afirmación es lo bastante afilada como para discutirla y, en nuestra opinión, en gran parte acierta.

La entrada dejó de ser una entrada y pasó a ser un recibo

Un concierto era una experiencia que vivías y, con suerte, contabas después. Ahora es una prueba. La entrada demuestra que estuviste, la story demuestra que estuviste a tiempo y el perfil demuestra que eres el tipo de persona que está en esos sitios. El concierto ocurre en el pabellón, pero el público que importa está en el móvil.

El síntoma más revelador es el que elimina la música por completo. Según It's The Trend, una tendencia de falsa asistencia a conciertos en Instagram tiene que ver con el prestigio social y no con ser fan: hay quien usa imágenes de conciertos prestadas o pagadas para parecer más conectado, más rico o más solicitado de lo que es. Piensa en lo que eso significa. El estatus vale tanto que la gente lo quiere sin el concierto. El concierto en sí se ha vuelto opcional.

Ese es el punto final lógico de lo que describe Morat. Si lo importante es que te vean, gana la forma más barata de que te vean, y a veces eso es no ir.

La maquinaria está diseñada para que lo deseemos

Sería demasiado fácil culpar a «los jóvenes de hoy». El mecanismo es más antiguo y más mecánico que eso. Como explica Gizmodo, las plataformas sociales se apoyan en recompensas impredecibles, y un estudio de 2021 en Nature Communications halló que el comportamiento en más de un millón de publicaciones de más de 4.000 usuarios seguía patrones coherentes con el aprendizaje por recompensa. Los «me gusta» funcionan como una moneda y ajustamos nuestra conducta para ganarlos.

Ahora añade un feed lleno de las mejores noches de los demás. Una página de investigación de la web de ACR Journal sostiene que el marketing en redes sociales combinado con tácticas promocionales que inducen FOMO tiene efectos sinérgicos en la asistencia a eventos, sobre todo entre las generaciones nativas digitales. Nuestra lectura: quienes venden las entradas probablemente se han dado cuenta de que el miedo funciona. Creemos que esa es la parte incómoda. Puede que el FOMO no sea solo un sentimiento que se contagia, sino también una herramienta de ventas.

El coste también influye. Un artículo de Marketing Dive cuenta que, a medida que se disparan los precios de las entradas, más consumidores recurren a la asistencia virtual, según datos de Horizon Futures. Así, la entrada de estatus se encarece mientras una versión aguada de ella, el streaming, se vuelve más fácil. Nos imaginamos que eso agranda la distancia entre quienes pueden permitirse que los vean y quienes miran cómo ven a otros.

Pero el vaciado de sentido no está garantizado

Aquí es donde matizaríamos la tesis. Estar allí por los motivos equivocados no implica automáticamente una peor noche. Un estudio en Emerald analiza cómo afecta el FOMO a la interacción en redes sociales, a la satisfacción con el concierto y al arrepentimiento posterior entre los turistas de conciertos, y recurre a la teoría de la comparación social para explicar por qué el FOMO puede frenar el hecho de compartir en lugar de impulsarlo en entornos de alta visibilidad. Es decir, la presión por aparentar puede hacer que la gente se contenga, no que publique más. El fragmento que tenemos no revela los resultados, así que no vamos a fingir que conocemos el veredicto. Pero sirve de recordatorio de que la ansiedad por el estatus y el disfrute no están en un simple balancín.

Por su parte, la música en directo no parece sufrir. Un artículo de Gunn Oracle señala que Live Nation estimó un aumento del 24 % en la asistencia a conciertos entre 2021 y 2022 en todo el país, con los jóvenes a la cabeza. Es un rebote pospandemia y una cifra antigua, así que prueba poco sobre hoy. Aun así, sugiere que las redes sociales han sido buenas llenando recintos, sea cual sea su efecto sobre la calidad de la atención dentro de ellos. Los artistas difícilmente pueden quejarse de las salas llenas, y por eso destaca la franqueza de Morat.

Qué hacer al respecto

El coste de «ir para que te vean» no es que los fans sean superficiales. Es que la atención es finita. Cada minuto dedicado a encuadrar la foto es un minuto que se le quita a la canción, y sospechamos que el grupo sobre el escenario a menudo lo nota.

Nuestro veredicto: Morat diagnostica un cambio real y merece más reconocimiento por decirlo del que probablemente recibirá. Nuestra recomendación es casi vergonzosamente sencilla. Ve al concierto al que irías aunque nadie pudiera enterarse jamás. Haz una foto, o ninguna. Y si solo quieres el trofeo, sé sincero contigo mismo y deja la butaca a alguien que cantaría la segunda estrofa.

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