Ver mala cine por odio es amor disfrazado, y las malas películas lo prueban
Reírse de una película pésima en compañía no es desprecio. Es uno de los últimos rituales colectivos baratos que nos quedan, y a menudo supera al consenso educado sobre el cine "bueno".
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Nadie ha creado nunca un grupo de WhatsApp para comentar lo competente que era una película. Pero pon una en la que un vampiro brilla bajo el sol y el chat arde en el minuto diez. Así que la pregunta es: si de verdad despreciáramos las malas películas, ¿por qué seguimos invitando a gente a verlas?
La pregunta no es nueva, y muchos estudios y artículos de opinión llevan años dándole vueltas. Lo interesante es con qué terquedad la respuesta apunta siempre a lo mismo: los demás.
La burla es la invitación
Pensemos en The Room. Como cuenta Estadão, la película de Tommy Wiseau de 2003 costó 6 millones de dólares de su propio bolsillo, la crítica la machacó y ni siquiera llegó a los 5 millones de dólares en taquilla. Dos décadas después se considera una película de culto, se sigue proyectando en algunos cines de Estados Unidos y dio lugar a un libro y a una adaptación cinematográfica que obtuvo una nominación al Óscar al mejor guion adaptado.
Vuelve a leerlo. La película que fracasó como película triunfó como excusa. Nadie la sigue proyectando porque crea que los diálogos son buenos. La proyectan porque una sala llena de desconocidos gritándole a la pantalla es mejor plan que un silencio respetuoso.
Ese es el núcleo de nuestra tesis. La burla, en este contexto, no es un veredicto. Es un lenguaje compartido. El filósofo Matthew Strohl, autor de Why It's OK to Love Bad Movies, sostiene que las malas películas sirven de base para las relaciones sociales, desde las amistades personales hasta la participación en comunidades más amplias. Nosotros iríamos más lejos: los defectos son el objetivo, porque dan a todo el mundo algo a lo que agarrarse.
Una película perfecta no te deja nada que decir
El elogio unánime tiene un punto débil: acaba con las conversaciones. Cuando todos coinciden en que una película es una obra maestra, el debate se reduce a una ronda de asentimientos. Un desastre reparte papeles. Alguien detecta el error de raccord, alguien cita la peor frase, alguien defiende el tercer acto por pura cabezonería.
Hay también una recompensa más privada. Según la investigación del Journal of Consumer Psychology que cita Estadão, en la que investigadores de la Universidad de Colorado realizaron 12 pruebas, este tipo de producciones puede ofrecer lo que las buenas no pueden: exigen poca atención y dan risas y emoción sin estrés. El coautor Amit Bhattacharjee, parafraseado por Estadão, dice que la peor opción del catálogo tiene más probabilidades de resultar divertida, absurda y ridícula. Lo leemos como una reprimenda discreta a la idea de que la calidad es lo único que una película nos debe.
Y el público no es el que cabría esperar. El mismo artículo recoge un estudio de 2016 publicado en Poetics, dirigido por Keyvan Sarkhosh, según el cual quienes ven malas películas a sabiendas suelen tener un alto nivel educativo y ser grandes consumidores de cultura. Para los cinéfilos, el cine malo es una forma de descansar del análisis constante. Así que ver cine malo por diversión no es cosa de gente sin criterio. En todo caso, es cosa de gente a la que le importa lo bastante como para disfrutar saltándose las reglas.
El desprecio no vuelve a ver la película
Aquí es donde discrepamos de la palabra "odio". El desprecio se marcha. Nadie vuelve a ver, cita y recomienda lo que de verdad desprecia. Notícias ao Minuto describe estas películas como ligeras, tontas y divertidas, de las que animan y no exigen mucha concentración. Suena a la descripción de un amigo, no de un enemigo.
Nuestra opinión: ver cine malo por odio es cariño con una capa protectora de ironía. La ironía nos permite admitir que disfrutamos con algo sin pulir sin admitir que somos vulnerables a ello. Las bromas son una forma de decir "yo estoy en el ajo", y la risa compartida, una forma de decir "tú también". ¿Hay algo de esnobismo? Claro, y algunas películas son simplemente aburridas. Pero el ritual probablemente funciona mejor cuando la película es sincera en su fracaso.
¿Qué recomendaríamos? Deja de pedir perdón por el placer culpable y quítale el "culpable". La próxima vez que una película esté siendo masacrada en internet, no esperes al veredicto: elige una mala, invita a tres amigos y prohíbe los móviles, salvo para citar frases. Una obra maestra de consenso seguirá ahí el domingo. El glorioso desastre es mejor un viernes por la noche, y mejor en compañía.
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